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ACTO LITERATURA CHINA: LECCIONES ANCESTRALES

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Creo en la magia de la literatura y su capacidad para convertirnos en hombres nuevos y dar cuenta de quiénes somos. Con la visita de Mo Yan, Nobel de literatura, confirmé que con China compartimos lazos de amistad y una cultura que nos invita a superar el conflicto.

Uno de los discursos Nobel más hermosos que haya leído nunca lo pronunció en Estocolmo uno de nuestros invitados de honor, Mo Yan, el 7 de diciembre de 2012.

Y digo que es uno de los más hermosos porque Mo Yan –con una prosa tan sencilla como profunda– se reconoció ante el mundo como un cuentacuentos y, a través de la figura de su madre, nos dejó en su discurso varias cosas para pensar.

Una anécdota me impactó especialmente… Cuenta Mo Yan que –siendo él niño– su madre fue injustamente abofeteada por un guardia de un campo de trigo, por el simple hecho de haber recogido unas espigas caídas en el piso. 

Cuando años después encontraron al mismo guardia, ya hecho un anciano, Mo Yan quiso ir a pegarle, pero su madre lo detuvo diciéndole. “Hijo, aquel señor que me pegó y este señor mayor no son el mismo”.

¡Cuánta verdad! Los hombres cambiamos, las circunstancias cambian, el tiempo nos cubre de canas y de arrugas, y somos muchas personas en una sola vida.

Pretender la venganza como único medio de reparación puede ser un gran error para una persona o para una sociedad. 

Esa es una importante lección para países que, como Colombia, transitan la ruta hacia la paz y la reconciliación.

Decía también Mo Yan –en su discurso– que en el proceso de creación del distrito Dongbei de Gaomi en sus obras, William Faulkner y García Márquez lo habían inspirado mucho.

Pues bien: apreciado Mo Yan; escritores e intelectuales de China que nos acompañan, y señor Primer Ministro:

Bienvenidos a la tierra de García Márquez, bienvenidos al territorio de Macondo, donde lo real se hace mágico y lo mágico real, donde la vida florece en medio de las dificultades, y donde nunca –nunca– renunciamos a soñar.

Para Colombia, un país que admira la civilización y la cultura chinas, es un orgullo tenerlos con nosotros, dialogando con nuestros novelistas, poetas, cineastas y críticos.

China ha sido siempre –para los colombianos– una nación inmensa que nos evoca leyendas de poderosas dinastías, pero también la pujanza y la imaginación de un pueblo que ha dejado los más grandes legados a la humanidad. 

Y hay que decir que el papel y la imprenta –los maravillosos inventos que dieron origen a los libros– son parte de ese legado.

Nombres como Confucio, como Lao Tsé, son para nosotros sinónimo de sabiduría y de precisión en el uso de la palabra.

Muchos hemos encontrado en El Arte de la Guerra de Sun Tzu la guía, no solo para entender los conflictos, sino también la naturaleza humana. 

Otros, en el I Ching, han procurado conocer el sentido de sus acciones e incluso atisbar por la ventana incierta del futuro.

Y no hay que olvidar que el recordado poeta colombiano Guillermo Valencia tradujo del francés e incorporó a la poesía nacional –en su libro Catay– algunos de los más delicados versos de la literatura china.

Porque eso hay –antes que nada– en la escritura de este país: delicadeza, sutileza… la simplicidad de lo que realmente importa.

Gracias, muchas gracias, por traer estas palabras, estas ideas –que vienen de la más antigua tradición y son tan refrescantes como aire nuevo– a Colombia.

Hoy nuestros países se abrazan en un lazo de amistad y admiración recíproca. 

Termino recordando un proverbio –uno de muchos– de esta gran nación: 

“Siempre que haya en este mundo amigos íntimos, estarán tan cerca como simples vecinos aunque se encuentren en los rincones más remotos”.

Muchas gracias