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LUCHA CONTRA LAS DROGAS

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Hemos sido uno de los países más comprometidos en la lucha contra el narcotráfico. Creo firmemente que este problema requiere la cooperación de todos los países y fuertes programas de sustitución de cultivos ilícitos y de prevención para los consumidores.

Un “mundo libre de drogas” simplemente, y digámonos la verdad, no es un objetivo realista. Por eso, pensamos que la lucha contra las drogas requiere de otra mirada, menos policiva y más pensada como un problema de salud pública. 

Hoy por hoy, el flagelo del narcotráfico ya no es una amenaza estructural a la seguridad nacional, a la institucionalidad o a nuestra democracia, sino que se ha circunscrito a ser un problema de criminalidad y de salud pública.

En el año 1961, cuando se suscribió la Convención Única de las Naciones Unidas sobre Estupefacientes, el mundo inició una guerra que hoy, 54 años después, tenemos que reconocer que no hemos ganado. Llevamos 54 años en guerra y no la hemos ganado. Y la pregunta es: ¿Esto es lo mejor que podemos hacer? ¿Acaso el actual es el único enfoque con el que se puede hacer frente a este fenómeno?

Hemos gastado billones de dólares en una guerra con resultados importantes –sin duda– pero insuficientes; billones que deberían haberse invertido en hospitales, colegios, viviendas para los más pobres y generación de empleo…

Pese al éxito que hemos tenido, yo digo: después de tanto esfuerzo, a veces me siento como en una bicicleta estática, en la que uno pedalea, pedalea y pedalea, y hace un gran esfuerzo, y cuando mira para la derecha o para la izquierda, está en el mismo sitio. 

Por eso he afirmado que necesitamos –y cuando digo “necesitamos” hablo del mundo entero– un nuevo enfoque para enfrentar el problema de las drogas. 

Ese enfoque debe ser el resultado de una discusión rigurosa, basada en evidencias, no en prejuicios, liderada por expertos y –sobre todo–, despojada de prejuicios políticos e ideológicos.

Una política integral contra las drogas implica la promoción de una cultura de la legalidad que nos permita superar el “todo vale”, el culto a la mafia y a la violencia que infortunadamente el narcotráfico ha estimulado en muchos países, en muchas sociedades.

Implica trabajar en la prevención del consumo y en la atención en salud a los consumidores.

E implica atacar el vínculo entre las drogas y el circuito financiero, previniendo la entrada de dinero ilícito a la economía. 

Descriminalizar el uso de drogas, tratar la salud de los consumidores, y aprender a convivir con las drogas de tal forma que hagan el menor daño posible, así como hoy ocurre con el tabaco y el alcohol.

Frente a los consumidores… prevención y programas de salud pública.
Frente a los cultivos… erradicación –ojalá voluntaria– y sustitución de cultivos.

Lo que queremos ahora es incrementar aún más la erradicación manual y –sobre todo– poner en marcha una estrategia mucho más efectiva de sustitución de cultivos, que tenemos que reconocerlo los colombianos nunca la hemos tenido realmente, y que no solo ofrezca una alternativa productiva a los campesinos que dejen de sembrar coca, sino que garantice mejores condiciones de vida a las comunidades, con una presencia estatal más eficaz.

En fin, debemos entender que combatir la oferta de drogas ilícitas no es un tema de mano blanda o de mano dura, sino de mano inteligente. 

Si se firma la paz, lograremos que la contraparte, el adversario, que se lucra del narcotráfico, que se lucra de las drogas ilícitas, que defiende el negocio, sea ahora parte de la construcción de esa solución. ¡Y seríamos, sin duda, un modelo ante el mundo!

Nadie quiere más muertes, más violencia, más consumo o más criminales lucrándose; pero necesitamos, como mundo, ponernos de acuerdo en cómo vamos a lograrlo.